La felicidad: lecciones de una nueva ciencia

El libro La felicidad: lecciones de una nueva ciencia, no ha dejado indiferente a nadie. Su autor es Richard Layard, economista inglés, miembro de la Cámara de los Lores, profesor de la London School of Economics y asesor del gobierno Blair.

Según indica el economista y rector de Eseade, Martín Krause, en el diario argentino La Nación, “Layard plantea dos hechos paradójicos: la gente más rica, es de promedio, más feliz que la gente probre; pero las sociedades avanzadas no han logrado ser más felices a medida que se han enriquecido”.

Por ejemplo, el 32% de los norteamericanos se consideraba “muy feliz” en 1975 y el 55% “bastante feliz”, frente al 31% y al 58% de 1996, aunque la renta per cápita se ha incrementado notablemente desde la primera fecha. Layard indica que una vez que un país ha alcanzado un nivel de riqueza superior a los $15.000 per cápita, su nivel de felicidad no tiene correlación con el incremento de los ingresos.

Krause continúa indicando que “según Layard, son dos los factores que impiden que ese incremento del ingreso se transforme en mayor felicidad.

  1. El primero es el hábito: a medida que aumenta progresivamente mi ingreso, me voy acostumbrando y lo tomo como habitual.
  2. El segundo es la rivalidad: comparo lo que tengo con lo que tienen otros y si los otros mejoran, necesito más para estar tan bien como antes.

En relación con esta rivalidad se comenta un experimento donde se le preguntó a la gente si preferiría un mundo donde ganara 50.000 dólares al año y el resto de las personas la mitad que ellos, comparado con otro donde ganara 100.000 dólares y el resto el doble. La mayoría habría preferido el primero. Estúpido, ¿verdad?”.

Por otra parte, Antonio Gil, subdirector de Diario Córdoba, escribe en las páginas de opinión que “Richard Layard, en su obra apasionante La felicidad, coloca cuatro “factores”, que deterioran cada día más ese anhelo de ser felices:

  1. el progreso rápido
  2. las libertades desenfrenadas
  3. la crisis de valores
  4. y el deterioro de las familias

El puro egoismo reseca las entrañas, nos vuelve huraños y desconfiados, y a pesar de que se muevan mucho nuestros pies, no avanzamos. En realidad, como en las cintas transmisoras, lo que se mueve es el suelo que cambia de forma o de ritmo. Nosotros seguimos anclados en el mismo lugar: vacíos, sedientos, inmóviles. Y llega el escalofrío…”

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